miércoles, diciembre 19, 2007

YONOFUI - No

(Que no les engañe el título, ya dejen de pensar sólo en la política y en ese triunfo de mierda)

Javier Cercas
El País Semanal - 16/12/2007


1. Igual que el protagonista de Cuatro amigos, la novela de David Trueba, todos hemos pensado alguna vez que la amistad está sobrevalorada, “como las pollas largas”. Que yo sepa, sobre la importancia de las pollas largas los sabios no se han pronunciado hasta ahora; en cambio, al menos desde los griegos, a la amistad no han cesado de lloverle elogios. Tanta unanimidad nos resulta sospechosa. Menos mal que Marcel Proust, que además de un sabio era un genio, se atrevió a romperla. Proust pensaba que la amistad es un simple expediente social sin la menor significación espiritual y que, por tanto, debe ser rechazada por el artista, léase el genio, que está obligado a vivir sólo para sí mismo, y para quien la amistad es una huida de su deber, “una abdicación del yo”. Así que el genio es incompatible con la amistad; también, por supuesto, con el amor, porque éste es la máxima abdicación del yo y porque no faltan razones para temer que si Dante se hubiera ligado a Beatriz, nunca habría escrito La Divina Comedia. Nadie ha dicho nunca que ser un genio sea un chollo.

2. ¿Pueden dos genios ser amigos? ¿O, dado que ninguno de los dos está dispuesto a abdicar ni un minuto de su yo, saltan chispas en cuanto se encuentran y acaban a guantazo limpio? Ambas preguntas se las hicieron sin duda Violet y Sydney Schiff, una pareja inglesa expatriada en Francia, cuando el 18 de mayo de 1922 organizaron una cena en el hotel Majestic de París con el propósito de que Proust y James Joyce se conocieran. Por entonces, los dos escritores eran las estrellas más rutilantes del firmamento literario europeo; no se parecían en nada: Proust era un esnob parisiense fascinado por la aristocracia y también, esencialmente, un psicólogo; Joyce era un irlandés dipsómano, melómano y también, esencialmente, un filólogo. Esta disparidad no garantizaba el fracaso del encuentro, que, a juzgar por la cantidad de versiones que circulan sobre él, debió de ser apasionante, si bien la mayoría de ellas se dedica a especular sobre cuántas veces le pidió Joyce a Proust la sal y cuántas veces le pasó Proust a Joyce la vinagrera; sin embargo, la más fiable de esas versiones es la que dio el propio Joyce: según ella, Proust empezó preguntándole si conocía a cierta duquesa, y él le contestó que no; luego, la anfitriona le preguntó a Proust si había leído el último libro de Joyce, y Proust contestó que no. “Nuestra conversación”, concluye Joyce, “consistió únicamente en la palabra no”. Nunca volvieron a verse.

3. A lo mejor lo que está sobrevalorado no es la amistad, sino la genialidad (a menos que el genio sea sólo una feliz alianza de talento y de esfuerzo); a lo mejor lo que está sobrevalorado no es la amistad, sino los escritores (a menos que el escritor sea sólo un tipo capaz de poner una palabra detrás de otra con sentido y con gracia). Es verdad que el tópico dice que el escritor es un monstruo vanidoso, arrogante, egocéntrico, trolero, llorón e histéricamente competitivo, pero también dice que es un hombre fascinante, que prodiga a su paso reflexiones profundas, ideas provocadoras y ocurrencias divertidas. La experiencia enseña que la parte mala del tópico quizá sea cierta, pero la buena no; es más: no falta quien piensa que, cuanto más brillante es un escritor en público, peor escritor es, y es casi seguro que si un escritor no es inferior a lo que escribe, entonces es un mal escritor, porque le ha faltado esfuerzo para invertir todo su talento en sus libros. Por eso decepciona tan a menudo conocer personalmente a los escritores a quienes admiramos: porque esperamos de ellos cosas que no deben darnos. Hace unos años conocí al novelista J. M. Coetzee. Todos los novelistas sabemos que, delante del autor de Desgracia, lo mejor que podemos hacer es callar, así que, cuando me lo presentaron, callé; él, sin embargo, también calló, y al cabo de dos minutos de silencio, nerviosísimo, me puse a hablarle de sus libros mientras él asentía, sonriendo sin decir palabra; al cabo de tres minutos yo seguía hablando, cada vez más nervioso, y él seguía callando, cada vez más sonriente; al cabo de cuatro minutos yo estaba recitando el capítulo vigésimo segundo de Desgracia; al cabo de cinco minutos estaba resuelto a bailarle una jota extremeña. Pero la cosa no acabó ahí, y al día siguiente tuve que asistir junto a él a una ceremonia. Fue humillante: mientras los demás tratábamos patéticamente de ser ingeniosos, él se limitó a callar y a asentir y a contestar con monosílabos las preguntas del presentador, hasta que éste acabó casi echándolo del escenario. Estoy seguro de que los libros de Coetzee son mejores que él, pero en aquel preciso momento tuve la certeza absoluta de que él era todavía mejor que sus libros.

4. Puede que sea verdad: puede que los escritores estén sobrevalorados, puede que los genios estén sobrevalorados, puede que la amistad esté sobrevalorada, puede que todo esté sobrevalorado, incluidas las pollas largas, y, sobre todo, puede que estemos sobrevalorándonos cuando pensamos que todo está sobrevalorado. Al fin y al cabo, ¿alguien conoce una forma más agradable de pasar una tarde que abdicando del yo en alegre compañía? Si sienten curiosidad por conocer mi respuesta, vuelvan al título.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno el artículo de Cercas, pero, pana, definitivamente, yo amo lo sobrevalorado.

Anónimo dijo...

dema: no me dio tiempo de leer el texto, a decir verdad, no sé si es tuyo tampoco, pero si, estoy de acuerdo con el no.

manola dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Si